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by Urban JrnLA DANZA: UN LENGUAJE HUMILDE

 

Johan Inger nació en Suecia y se crió con su padre y su hermano en un lugar al que llamaban “family hotel”. En este micromundo había edificios altos con corredores que comunicaban las distintas dependencias: la guardería, los restaurantes, las tiendas, la escuela…., todo ello rodeado de áreas verdes repletas de árboles donde Johan jugaba con su hermano.

 

Johan, ¿cómo llegó la danza a tu vida?

Todo comenzó gracias a la mujer de mi padre. Ella sentía que tenía la obligación de darnos, a mi hermano y a mi, la oportunidad de conocer todas las artes, así que estuve tocando el violín durante dos años, canté en un coro de niños… Teníamos que probar y acudir a clases de cada cosa durante entre seis meses y un año antes de decidir si nos gustaba o no. Pasado un tiempo me di cuenta de que la música no era mi pasión.

Yo siempre estaba bailando en casa. Y es gracioso, porque ahora veo a mi hijo hacer lo mismo. Baila incluso cuando juega al fútbol [aquí Johan ríe]. Pues bien, yo hacía lo mismo. Así que cuando mi madrastra vio en la televisión un documental sobre la escuela nacional de ballet, decidió llevarnos a mi hermano y a mi. Yo tenía 11 años. En la escuela había muchos niños y nos hicimos muy amigos. Éramos como un equipo y aún ahora seguimos siendo buenos amigos. En aquella época me gustaba entrenar e intentaba saltar lo más posible… Era parecido a la motivación que puedes tener por un deporte. Pero después, gradualmente, el bailarín fue creciendo dentro de mi y tomé la decisión de forma clara cuando tenía 16 años. Antes de ese momento el baile era como un juego.

 

¿Cuáles fueron tus primeros pasos como bailarín?

Como te decía, empecé a tomarme la danza en serio cuando tenía unos 15 o 16 años. Con 17 años me dieron una beca de verano para ir a Copenhague. Nos daban becas a todos. Después, me becaron para estudiar en la Canada’s National Ballet School en Toronto y, una vez allí, sentí que era una escuela excelente. Así que decidí cursar mi último año de estudios en Canadá para después volver a casa y conseguir un contrato en el Royal Swedish Ballet donde estuve trabajando como bailarín durante cinco años.

Sin embargo, llegó un punto en el que me di cuenta de que la danza clásica no era realmente lo que me llamaba. Tras ver unos trabajos de Jiri [Kylián] pensé que eso era exactamente lo que yo quería hacer así que audicioné hasta tres veces para el Nederlands Dans Theater y las tres veces me dijeron que no [Johan vuelve a reir]. Jiri pensaba que yo era un buen bailarín pero que sería problemático. Y en esas idas y venidas conocí a una chica y empecé a ir Holanda para verla y ella a venir a Suecia hasta que, en un determinado momento, surgió la oportunidad de bailar con el tan ansiado NDT. Jiri necesitaba bailarines así que habló conmigo para ofrecerme un contrato. Eso sí, tuve que aceptar una larga lista de condiciones [ríe de nuevo] pero esta vez no tuve que audicionar.

 

¿Qué significa la danza para ti en el contexto actual?

Yo creo que la danza tiene un magnífico poder de comunicación porque expresa sin utilizar palabras y porque realmente puede construir puentes entre las personas. La danza puede ser muchas cosas: danza pura, belleza, técnica, dramatismo, política, etc.

La danza sirve a un claro propósito en este mundo tan complejo en el que vivimos ahora en el que la comunicación es extremadamente importante y necesaria para unirnos y para vivir en comunidad de forma próspera. Un momento en el que hay tantos elementos que intentan separarnos a los unos de los otros. La danza es tremendamente humana, es algo que llevamos haciendo desde siempre y que tiene un inmenso futuro porque, además, es un lenguaje que consigue llegar a la gente joven mejor que otras manifestaciones artísticas.

 

¿Cuál es el objetivo del taller que vas a impartir en el CP Danza Fortea?

Mi objetivo no es otro que darme a mí mismo: que los estudiantes experimenten mi vocabulario, mi manera de pensar, mi manera personal de acercarme al movimiento como ser humano y con honestidad respecto a mí mismo. La danza a veces conlleva demasiados efectos y es por eso que quiero “pelarla”, quitarle las capas externas para encontrar su esencia.

Estoy acostumbrado a trabajar con compañías profesionales así que lo que quiero hacer con estos alumnos es ayudarles al máximo, adaptándome a ellos y observando no sólo su nivel técnico sino también su capacidad de comprensión. Otra cosa podría causarles confusión.

 

¿Qué legado te gustaría dejar como “Johan Inger, el coreógrafo”?

Yo no me veo a mi mismo como “Johan Inger, el coreógrafo”. Cada vez que comienzo a crear una nueva pieza me siento como un principiante, así que, aunque puedo sentir un cierto respeto por parte de la gente con la que comparto trabajo, no me veo a mi mismo de esa manera. Me veo, simplemente, como a un ser humano. Mi legado es el legado de un hombre, no el de un coreógrafo. Mi legado es lo que le transmito a mis hijos, a la gente a la que quiero y con la que trabajo. Quiero pensar que mi legado es transmitir pasión por lo que hago, siendo honesto y, por encima de todo, mi legado quiero que sea el de ser un buen padre.

 

Si pudieras hablarle a toda la comunidad dancística, ¿qué les dirías?

Les diría que trabajen juntos y que protejan esta forma de arte. Lo que veo en nuestra comunidad es que la gente tiende a crear pequeños reinos, pequeñas islas. Intentan agarrarse con uñas y dientes a lo que tienen aunque ese lo que tienen sea mediocre. Les diría que, en lugar de basar sus acciones en el miedo, abran las puertas a los demás para colaborar con ellos. Porque de ahí saldrían grandes cosas. Tú y yo podemos crear algo mejor juntos que lo que podríamos hacer separados. Juntos podemos crear algo que nunca hubiéramos pensado que pudiera suceder.

 

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